El beso que guardo no tiene dueño, está hecho de todo, es mudo. El beso que tengo en mi pecho no tiene lengua, es falta de respiración en un corto abrazo. El beso que te ofrecí un día fue de inspiración materna, yo que mal recuerdo boca de madre si bien sé que podría haber ocurrido. Aquel beso en el medio de la calle no me perteneció, sí, era yo, sin que fuera mío, quizás sea de la pareja de allí, enfrente de la casa. El beso oportuno de cierta tarde de mi mes de agosto, se quedó sin gusto porque tenía un chicle en la boca. Después no puedo recordar bien si por acaso y de vez en cuando hago pucheros, fingiendo un llanto verdadero, cuando escucho a Tom Zé en «O caso é chorar». Sí, la memoria sufre estímulos diarios y necesito mirar la calzada del otro lado de la calle para tener la certitud que un día fueron tuyos los pies calzados en zapatos que nunca llevé al zapatero. Y todavía están allí viniendo hacia mí. Y tú, cara de nube, ocupando mi mirada tonta y vacía. Yo, que siempre preferí la luna llena y deliciosamente me acostaba debajo del sol para poder cerrar los ojos mansamente, dulcemente sin referencia. Yo que conocí el vivir bien, incluso presencié las constelaciones de estrellas, reconocí planetas regentes... ¡Ah ! Yo que sabía partir tan bien, tan sin arrepentimientos.